domingo, 30 de agosto de 2015

ORLANDO CEPEDA, UN NOMBRE LIGADO A UN MADERO

ORLANDO CEPEDA UN NOMBRE LIGADO A UN “MADERO”
Orlando Cepeda “Peruchín” llegó a Barranquilla hace 30 años a dictar unas clínicas a los prospectos barranquilleros que querían ser como él, un encumbrado pelotero, seguro “Hall de la Fama” de la MLB. Una turba de periodistas “deportivos” que nunca cubrían la pelota porque estaban ocupados con un escaparate llamado “Junior” (que no salía del cuarto)  acudió a la cita para cubrir la rueda de prensa que ofrecería tremendo personaje. Como era de suponerse, el desconocimiento del  Rey de los Deportes  y la trayectoria de la figura que tenía enfrente, llevó a uno de los microfoneros, como les llama Chelo de Castro, a preguntarle que si era feliz con el béisbol.
Peruchín parecía que estaba esperando ese lanzamiento para hace su mejor swing y desaparecerla del parque. Le contestó con una amplia sonrisa que iluminó el recinto: “Esa pregunta ni se pregunta”.
30 años después, Orlando Cepeda vuelve a responder lo mismo frente a mi pregunta de romper el hielo: ¿Cómo estás? “Eso ni se pregunta. Estoy feliz, tengo trabajo”. Al igual que el héroe boricua de los diamantes, tiene entre sus manos un madero. El de aquel era un Rawling de 36´ y 32 onz. de peso.  El de este que me responde 30 años después, es una rama de guayacán de un metro y medio de largo,  de 2 cmts de diámetro, lucio por el uso y cuyo peso de libra y media, se lo da la paja que está al final del madero de su escoba de “palito”.
Para 1958 cuando los ojos del Cepeda criollo se abrían al mundo, el borinqueño iniciaba su fulgurante carrera de 16 años en las Mayores, jugando para San Francisco Giants. Los títulos y la fama jugaron en contra de aquel portento, a quien Los Gigantes de San Francisco le erigieron una estatua en el 2008. Pretendiendo alargar la carrera de pelotero, empezó a consumir marihuana para aliviar los dolores de sus rodillas que, por el duro trajín y las lesiones empezaron a afectarle. Cuando ya retirado visitó Barranquilla, decidió aceptar el encargo de dos cajas que contenían casi tres kilos del alucinógeno. Por ello fue condenado en 1998 a 5 años, pena que pagaría mayoritariamente, en libertad bajo palabra. Para ese año nacía el hijo mayor de su homónimo barranquillero, quien saltó de la ceremonia de grado del bachillerato, a la nave central de la Iglesia de Santa Marta, para contraer matrimonio con la novia del colegio que no podía esconder los tres meses de embarazo.
Aquel barría las bases con el poder de su “estaca”. Este barre el parqueadero y los salones del Amira de la Rosa con el profesionalismo que se requiere para que el templo de la cultura en Barranquilla luzca impecable.  Aquel dejó sudor y sangre en los campos deportivos mientras que el tocayo ha dejado sus pellejos en el mango de la escoba y comenta: “…aquí barriendo y arreglando el Amira de la Rosa. Con  todo lo duro que es limpiar  un parqueadero con 40° a la sombra, no se compara con las 10 horas que me pasaba en lo cuartos fríos de la empacadora de pollos. Definitivamente, eso del frio es pa cachacos o que uno esté necesitando trabajo como me pasó a mi”.
Ahora se despide presuroso porque tiene que completar la labor del parqueadero porque en la tarde hay un evento y tiene que meter mano en el teatro también. Lo reconforta que el cansancio se lo sacará con “unas buenas frias que me están esperando en la 8”. Él ha sido más fuerte que Peruchín, quien abrazó la fe Budista en el 83 y se ha resistido al “ataque” de los vecinos del barrio que tienen un templo cristiano. “Hey el diablo es uno mismo y si yo se eso, ¿por qué le tengo que dar el 10% de todo lo que me hago a otro man?”, suelta la frase y se va riendo como si se hubiera liberado de algo que sentía que tenía que decir. 



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