YO TAMBIEN SOY NEGRO AZUL
El
video del momento exacto en que el Canal del Dique rompió el muro de contención
entre Suán de la Trinidad y Santa Lucía, rápidamente se viralizó. Las imágenes
que circularon ese 30 de noviembre de 2010 donde se veía el ímpetu de la
corriente, hacían presagiar que, de la misma manera como el Dique se iba
comiendo los costados del boquete abierto, así mismo habría de atacar todo lo
que encontrara a su paso. Un frío extraño recorrió la médula de Clorys Machacón
quien, huyendo de la avalancha, había dejado su natal Carreto para ubicarse en
Sabanalarga, tratando de encontrar bienestar para sus hijos y sus viejitas, y
el espacio para sus sueños de gestora cultural, teatrera y por sobre todo, de
madre, que se le iba yendo por “el boquete”. Fue la primera familia de Carreto
que llegó a tierra firme.
Conocedora
de la historia de su pueblo y de todo lo que había sucedido en la comarca,
entendió rápidamente que este era el momento escogido por la naturaleza para
tratar de recuperar todo lo que alguna vez fue suyo. El momento de volver a
llenar las tierras inundables que alguna vez fueron ciénagas y caños
interconectados y que sirvió para hermanar los pueblos del sur del
departamento, pero que desde mediados del siglo pasado, cuando olvidaron la
importancia al Río Grande de La Magdalena, y emprendieron la construcción de
carreteras -sin medir consecuencias- caños y ciénagas fueron impactados con la
presencia de monstruos amarillos que impidieron que la alegría siguiera
viajando en canoas, por los pueblos anfibios de nuestro departamento.

San
José de Carreto, o simplemente “Carreto” en honor al hoy escaso maderable,
sigue siendo tan amable, y acogedor como la sombra que prodiga el árbol que le
da su nombre. Su historia se cuenta en fechas a partir de la venta de la finca
San José por parte de Diego Aragón a Don Gregorio Ortiz en 1581. Esta tierra de gente buena, no había sido la
excepción y los nuevos invasores golpearon su Ciénaga del Sábalo, el ombligo
del pueblo, su razón de ser. A partir de
aquella infausta intervención, Sábalo, Sato y Machado también empezaron a
perder importancia porque la vitalidad de los cuerpos de agua, se la daba la
posibilidad de oxigenarse y nutrirse del río que la surtía a través del sistema
de “brazos” y caños.
Junto
con la vocación pesquera de la región, también se fue la alegría. Tamboreros,
bailadores, piteros, cantadoras de la Ciénaga, cambiaron su actividad principal
de la pesca y ahora se convirtieron en jornaleros. Hasta Codazzi en el Cesar
fueron a parar sus tristezas, mitigadas a medias por la paga que recibían por
la recogida del algodón.
Todos
esos recuerdos, algunos vividos, otros narrados por quienes gozaron del
esplendor y el ocaso de lo que otrora fuera un emporio cultural y ecoturístico,
se agolparon en el pecho de esta mujer, y la impulsaron a emprender el camino
de regreso. “Se lo llevó todo. Vino por lo que era suyo”, repetía como un
mantra, mientras desandaba sus pasos, luego del primer impulso de sobrevivencia
con el que quiso poner a salvo a sus hijos. Volvió al pueblo con el absoluto
convencimiento de que, si quedaba algo seco, de allí tendrían que surgir cosas
buenas. Al llegar, lo primero que hizo fue dar gracias a Dios porque la
naturaleza sólo llegó hasta la Parroquia de San Roque. Aferrada a la fe, ahora
se encomienda al Santo Patrono para que les libre de las pestes que desataría
la inundación; luego a reencontrarse con la familia que quedó en el pueblo.
Después a recorrer nostalgias y a tratar de reconstruir sus recuerdos,
estremecidos por relatos de historiadores, que se aparecieron en sus insomnios
de migrante, que le hablaban de alegrías y vivencias que se le confundían con
los recuerdos de infancia y el dolor de la tragedia.
El
mejor vehículo para exorcizar los demonios de la duda y la memoria oscura,
confrontar toda esa información de paisajes, cantos, fiestas y prosperidad, fue
sin duda la memoria de los mayores. Ellos le confirmaron que los libros decían
verdad; que, a ese pueblo, ahora atacado por la furia de las aguas del Dique,
antes de que la fiebre de las carreteras cegara la alegría de los reservorios
acuíferos, llegaban en canoas “Negros” de Santa Lucía, de Manatí, de Repelón de
Rotinet, de Suán, de Campo de la Cruz y hasta de los municipios ribereños de
Bolívar y Magdalena. Le confirmaron que la cita era para el martes de Carnaval
en la celebración de “La Conquista”, actividad con la cual cerraban los
carretanos la fiesta de la carne y entraban en recogimiento.
Así,
recorriendo los rincones de la memoria de quienes 60 o 70 años atrás vivieron
las danzas y los cantos, Clorys empezó a traer colores, olores, sabores del
pasado que poco a poco fueron tomando forma en sus manos. Entendió por qué el
olor de la panela, y el color azul hacían parte de la película de su vida. El
encuentro con Beatriz, la de la última calle, le hizo saber entre risas de
picardía y el llanto por lo que creía perdido, del “dolor y la humillación” de
los carretanos al ver cómo año tras año tenían que pagar un “rescate en ron” o
someterse a la penitencia de quienes se robaran a la Reina de la Conquista de
Carreto.
Desde
ese momento y dando un salto en el tiempo, Negrazul, Clorys Machacón empieza a
entender que el azul de los Negros de Carreto, más que un distintivo para no
ser confundidos en la danza, es un sello de autenticidad, de orgullo. Es la
aceptación de su condición étnica –somos tan negros que somos azules- y al
mismo tiempo, la confirmación de estar en lo más alto en la línea de mando, por
cuanto hasta en los palenques que se conformaron a partir de las fincas
esclavistas que hubo en la zona, se le reconocía la jefatura al guerrero de
piel más oscura, a la usanza de la lejana África.
En
lo sucesivo, para esta mujer de cuerpo menudo, pero con la fuerza y la
templanza de una raza indómita a flor de piel, todo fue pintar y cantar.
Disolver panela, teñirla con el azul y recorrer los cuerpos de los niños de San
José de Carreto y sacar del baúl de los recuerdos de los mayores, los cantos y
los versos, los pitos y los tambores que una vez los hizo recorrer las polvorientas
calles de Carreto. Uno de los primeros en recibir la unción fue Alexis Quevedo.
Esa untura de “dulce azul” sellaría un pacto de mutua protección que hasta la
fecha permanece incólume y se fortalece con el paso del tiempo.
Hoy
recorren juntos un camino que les abrió la furia del agua, evento aparentemente
catastrófico que hoy día, la lleva a exclamar: El río no se llevó nada: el río
nos trajo. Nos trajo memoria, despertó recuerdos, nos dio una palmada en la
cara para que reaccionemos, para que recorramos el camino de volver a la época
de esplendor”. Porque es innegable que las aguas del Canal del Dique, aparte de
mostrar el verdadero mapa del Atlántico, también desenterró historias y
vocaciones de alfarería perdidas, porque esta tierra también fue asentamiento
Mokaná, antes de la llegada del invasor.
Contra
todo pronóstico, creó la Corporación Carreto Cultural Negros Azules y le dio a
su pueblo su propio festival, Tambores y Cantos del Sur, un nuevo espacio para
recuperar la memoria ancestral, donde se destaca el respeto que te lleva
incluso, a pedir a los mayores de luto, el permiso para la fiesta. Poco a poco
se fue ganando el respeto de quienes incrédulos
al principio, luego no dudaron en seguir apoyándola. Son los padres de los
nuevos portadores de la tradición de “Los Negros Azules de Carreto”, soporte
del éxito de esta empresa.
Quizá
ya no regresen las aguas cristalinas de El Sábalo, de pronto no se recuperen
las Ciénagas de Sato y Machado (¿quién sabe? A lo mejor ONU hace el milagrito)
pero por lo pronto ya están aquí de nuevo los Negros Azules, y Las Cantadoras
de la Ciénaga, ya empezaron a entonar sus cantos y echando mano de la memoria
ancestral, volvieron a moldear el barro para volver a ser la capital alfarera
del Atlántico.
De
pronto ya no quedarán las canillas lucias por el polvorín, porque ahora hay
pavimento en sus calles, pero Carreto se libera con la danza y, como dice
Yeremy Rodríguez Cantillo: “este es otro idioma que se habla con los pies, con
el cuerpo”.
Posiblemente
no sea el mismo clima que una vez hiciera de este rincón del departamento,
sitio propicio para el ecoturismo, cuando ni siquiera existía la palabra. Pero
existe la posibilidad de vivir en paz, de disfrutar del paisaje que aún le
queda y lograr que se revitalicen sus cuerpos de agua para que la alegría
vuelva a viajar en canoas en el sur del Atlántico. Ese será el combustible para
que el Son de la Rama del Tamarindo, con los versos originales de Carreto,
suenen con más fuerza haciendo que la mirada de quienes detentan el poder,
vuelva a posarse en esta tierra de Dios.
Y
como yo también soy Negro Azul, algún día mi Dios me dará la posibilidad de
cantar las coplas del Tamarindo Azul de Carreto
CORO
Ae, ae, ae, te la canto hasta mañana. La rama del tamarindo, del tamarindo la
rama.
De
mi piel no me avergüenzo Ni de mi pelo cucú
Dios
me hizo casi azulito, Para que me quieras tú.