Cuando me subí
a su carro, ya sabía lo que venía. ”Dígame
llavecita ¿A dónde vamos? Mínimo aeropuerto por la pinta”… Era el propio
liso, ese taxista parlanchín que uno siempre quiere encontrar en trayectos
largos. El que apaga el radio para que nada interrumpa su conferencia.
Efectivamente tenía que ir al aeropuerto así que me dispuse a oír una de las
interminables hazañas amorosas que suelen narrar y que cambian de lugares y
personajes, dependiendo de dónde lo cojas. Pero este me salió reportero de ciudad: “Por razones de mi oficio, me toca estar al día con los acontecimientos
de la ciudad y he visto (y escuchado) cómo después de 15 años de abandono del
Coliseo Cubierto, muchos pasajeros se montan comentando al respecto. Por eso he
revisado la prensa y le he estado parando bolas a las emisoras que abordan
temas de ciudad, para poder intervenir con propiedad. ¿Sabe como e´? En este viaje le he
propuesto como tema de conversación a arquitectos, ingenieros, deportistas,
políticos y en fin a cuanto ciudadano atraviesa en mi camino, la reconstrucción
del Coliseo Cubierto Humberto Perea.”
Con esto quedaba claro, que no se hablaría de otra
cosa en los siguientes 45 minutos. Me comentó que el Coliseo Cubierto Humberto
Perea guardaba para el, muchísimos recuerdos, porque allí nacieron verdaderas
glorias del deporte colombiano, sobre todo en disciplinas como el boxeo y el
basquetbol. Me habló de que el Coliseo fue sede de campeonatos nacionales de
microfútbol y voleibol y de cómo bajo sus gradas se gestó una página gloriosa
para el Atlántico en el deporte de las pesas, cuando existían deportistas
disciplinados que impusieron en su momento un record: Once años consecutivos
como campeones nacionales.
Hablamos de Juanito y Salomé Herrera, tremendos
peleadores lo mismo de que Emiliano Villa, Mario Miranda, Eduardo Barragán... “A ese man yo lo recuerdo bien porque lo
seguía de aficionado, pero era muy loco. El Flaco de La Espriella que en paz descanse,
se lo llevó borracho y amanecido para
una pelea con La Cobra Valdés. Vea, si no hubiera sido por su desorden, hubiese
sido campeón mundial. Le puso la cara hedionda a cuero a la Cobra pero eso fue
hasta cuando pudo con su alma. Finalizando el cuarto asalto, ya no podía con su
alma y para el quinto, no salió”. Cuentan los entendidos que “La Cobra”
gano la pelea en papeles pero en el corazón le quedó la espina.
Me habló de ese equipo magnífico del basquetbol del
Atlántico donde estaban Carlos Amador, Elí Pereira, Carlos Bengal, Joaco Arias,
el Pilo Ávila. Este equipo atornillaba en las graderías a los siete mil
fanáticos que nos agolpábamos en las instalaciones del Humberto Perea, a
disfrutar del mejor basquetbol que tuvo el Departamento, después de la época de
los Chamorro y los Hazbún .
Qué tristeza como se abandonó el escenario. Qué pena
que ahora hablemos de él para dedicarle una mirada lastimera, y ver con
preocupación que unos mercaderes de la educación, andan promoviendo cruzadas
para restaurarlo. Ese escenario decrépito, vetusto, que según muchos, no
aguanta reparación. Sus estructuras están malas y hasta árboles crecen entre
las paredes. Ese no es el escenario que Barranquilla y el Atlántico necesitan y
se merecen.
Fue de las pocas veces que lo interrumpí y me atreví a
preguntarle, entonces ¿por qué el deseo de revivir un cadáver? No la dejó picar
y remató de una: “Elemental mi querido
Watson: Aquí en el carro, un profesor universitario dejó caer esta perlita: Las
Universidades para ser certificadas, deben tener escenarios deportivos. Por eso
poco a poco se han venido tomando la Piscina Olímpica (ya nada más queda media)
y los de en frente, hacen coro para que restauren el Humberto Perea y se los
den en comodato. Negocio redondo: plata pública para negocio privado ¿y la
ciudad? Que se joda. A las Universidades les sirve ese escenario por obvias
razones pero a Barranquilla le queda faltando un Coliseo para 15 o 20 mil
personas para que no tengamos que estar viendo como los Carlos Vives y los
reguetoneros de moda, vuelven añicos las gradas, gramado y pista atlética de
los escenarios como el Romelio Martínez, el Metropolitano y lo que queda del
Tomás Arrieta.”
Me hizo reflexionar, porque de ser cierta su
premonición, se le meterá plata pública para el beneficio de dos casas
educativo-políticas cuando en ese lote de terreno,
incluyendo el orinal a cielo abierto más grande del mundo, se puede utilizar
para CONSTRUIR EL COLISEO QUE ESTA CIUDAD NECESITA.
Antes de bajarme, EL TAXISTA alcanzó a comentar que tanta
nostalgia lo llevó un día a bajarse del carro y
observar lo que queda de la edificación. “Casi lloro porque mi juventud estuvo llena de buenos recuerdos en ese
escenario. Salí de allí y cuando llegué al taxi, entonces si que me puse a
llorar: mientras alimentaba mis nostalgias, los bazuqueros que se han apropiado
del sector, me robaron las lunas de los retrovisores. De ahí salí para
Barlovento para ver si los conseguía, porque están marcados, jajaja”. Solo entonces me percaté de que no tenía colmillos.