Estoy a la altura de la intersección de Murillo con la Vía
40. Alcanzo a divisar la Cárcel Nacional Modelo, donde a partir de algunos
momentos voy a entrar a formar parte del grupo de prisioneros de ese mundo
infernal de las penitenciarías. Porque no solamente está detenido, contra su
voluntad, el infractor. También están privados de la libertado los guardianes,
las enfermeras, los visitantes, y ahora yo, que en pocos instantes entraré al
penal a cumplir mi trabajo de auditor.
Paso por un corredor y alcanzo a reconocer un rostro
patibulario sé quién es: “EL Piraña”, y me llama la atención que está junto al
“Gato Mono””. Piraña es de la 17. Sé que a él lo embalaron los amigos de Los
Tres Postes porque había calentado la zona cuando atracó a la querida de un
policía que vive en “La Central”. ¿Qué hace con Gato Mono? Si bien es otro
bandido, es de los de la 72 para arriba.
Chantajeaba a un alcalde y lo grabaron
y ahora está en la cárcel. Estoy sudando. Él estómago se me comprime y mis
abdominales brincan espasmódicamente como atacado por los efectos de un
bebedizo de mandrágoras y borracheras. Es miedo lo que siento, sobre todo ahora
que “Gato Mono” me hace saber por señas que “Piraña” lo cuida.
En este mudo de las cárceles no se conocen amigos, pero sí es
fácil hacerse a un enemigo. Yo siento que ya los tengo, pues Piraña y Gato Mono
hablan en voz baja y me miran estoy en el centro de su blanco. Un viento frío
recorre el callejón. No he avanzado más de 3 metros. De pronto mi cuerpo se
estremece cuando el Piraña me llama por mi nombre: “Hey, tú eres Ricardo,
¿cierto? El esposo de la Seño… Dile que le mandó saludos el papá de Nataly”.
Ahora mira a Gato Mono y le dice para que yo lo oiga: “Esa vieja me salvó a mi
hija. Ahora sería puta. Pero ella la hizo estudiar”.
Creo que me salvé a la entrada, iré rápidamente al área
administrativa, pero no se me olvida que hoy entraré y saldré un par de veces
más, ojalá con vida.
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